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El barrio de La Ranilla: origen y poblamiento

Publicado en Canarias
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Temporal en La Ranilla, octubre de 1969 Temporal en La Ranilla, octubre de 1969

Por Melecio Hernández Pérez (*)

 

El Puerto de la Cruz, ciudad pionera del turismo en Canarias, celebra una de sus festividades religiosas más importantes: el Día de la Cruz. Canarias Cultura & Negocios ofrece a sus lectores un revelador artículo del investigador Melecio Hernández sobre el origen del popular barrio de La Ranilla, eje vertebrador de la historia y la identidad de este pueblo de pescadores, con sabor a mar y a hospitalidad.

 

En un lugar costero como el Puerto de la Cruz, en la remota época que me sitúo, la tierra de su reducida geografía era prácticamente estéril; suelo malpaís por la escoria acumulada de remotas erupciones volcánicas donde predominaban las plantas autóctonas y algunas especies frutales; la labranza era escasa; sin embargo, se practicaba el pastoreo y obviamente la pesca.

 

Los primeros alimentos del lugareño emanaban del los derivados del ganado caprino y del pescado y mariscos, estos últimos, extraídos empíricamente de la huerta marina de surcos ondulantes con el consiguiente riesgo para el hombre que ha mantenido desde tiempo inmemorial una constante lucha con la furia atlántica, porque sabía que el mar, fuente principal de suministro de la primitiva e incipiente población, dependía su supervivencia. Por tanto, originariamente, no fue la tierra con sus productos  agrícolas la sustentación de nuestros antepasados, sino ese mamífero rumiante, junto al cochino, y otros, además del mar, quienes aportaban el alimento de cada día.

 

La pesca, principal sostén de al economía doméstica

Así, con la pesca, nació una de sus primeras actividades y principal riqueza de su economía doméstica, sin llegar a un bienestar justo, pero que permitió que el pescado mejorara la dieta alimenticia junto al gofio, la leche, las carnes, los cereales, frutos y otros.

 

El mareante, como se denominaba antiguamente al pescador o marino, ha sabido interpretar el lenguaje sonoro de los mares a través del latido de su gigante corazón, y en su bramido de espumas de alma azul ha aprendido a quererlo y respetarlo como su mayor benefactor. También sabe de constelaciones donde aprendió a pronosticar la amenaza de la tormenta o la bonanza para no aventurarse a ciegas por los caminos del ancho mar. Ellos tienen siempre la mirada puesta en la movediza masa salada y combaten la soledad de noches sin horizontes con el corazón compartido en tierra, donde están los suyos aguardando un regreso incierto; pero con el pensamiento puesto en su Virgen del Carmen, refugio espiritual de sus confidencias.

 

Esta forma de vida arraigó en los pescadores y marinos, lo que les encuadró en su conservadurismo, sin esa versatilidad que parece anidar en el pecho del marinero; tal vez por un excesivo amor a su tierra y a su mar. Tampoco alteró en gran medida la importante influencia del comercio que por la condición de fondeaderos y refugios permaneció ligado a la historia, alcanzando la importancia de primer puerto de Canarias.

 

Origen y legado del barrio

Y es que la importación y exportación creó tal actividad y riqueza desde la industria azucarera, pasando por el vino, orchilla, etcétera, que dieron un gran impulso comercial y económico a la única entrada y salida del valle de Taoro de la que tanto se benefició la colonia extranjera, fundamentalmente desde la mitad del siglo XVI, XVII, centuria ésta próspera y floreciente que tuvo cierto parangón con el resurgimiento de mediados del  XVIII y primer tercio XIX.

 

El hombre de la mar que se había dedicado a la pesca desde sus inicios, satisfaciendo únicamente el consumo local, aparte de participar con sus lanchas para transportar las mercancías desde la orilla al Limpio (Puerto Viejo contaba con el “Limpio Grande”, y, Puerto Nuevo con el “Limpio de las Carabelas”) donde fondeaban las naves, se siente incentivado por la demanda de una sociedad burguesa a la que corresponde con mayor abundancia, repercusión que se deja sentir en el gremio de los mareantes, con buenas ganancias, pero siempre insuficiente para sacarles de la pobreza.

 

Los marineros se habían establecido al poniente y a la vera del litoral, en una franja de tierra paupérrima, donde surgió el típico barrio de La Ranilla, que tomó el nombre “del primer individuo que estableció allí su vivienda, puesto que en la lista de la tropa que vino a la conquista de Tenerife, había un soldado llamado Ruiz Ranilla y otro Álvaro de Ranilla, pudiendo, cualquiera de sus descendientes, habarse establecido en dicha tierra”.

 

Con el rodar de los tiempos se trazaron dos vías paralelas, polvorientas, que conocieron la pavimentación adoquinada para terminar bajo la presión del asfalto, donde creció dicho barrio, separado del barrio burgués por la famosa “línea divisoria” que cruzaba por la plaza del Charco y con la que el personero Carlos Francisco “seccionó al pueblo en dos mitades: Plaza del Charco arriba, las buenas mesas, las mesas de comedor bien abastadas, los trajes de corte inglés, las  ‘capuchinadas’, alegres y jaraneras, la mantilla de blonda, el grato y elegante pasear por los tranquilos  Llanos de Martiánez; Plaza del Charco abajo, las casuchas sórdidas y miserables, las desnudas mesas con pobre yantar, la algarabía entre comadres, el chapuzón, en el mar, de la chiquillería harapienta…”.

 

Afortunadamente, el nivel humano, cultural y urbanístico ha cambiado, sin apenas distingos sociales, y, el barrio dejó atrás su vieja imagen de pobreza sacudido por el progreso que arranca en los años sesenta del siglo pasado, impulsado por el desarrollo de la industria turística. Y ahora La Ranilla, ofrece una nueva imagen urbana con resquicios de la antigua faz, de esa faz bañada siempre de sal y sol.

 

Homenaje a la pescadora

Por un lado, el instinto de negociar; y por otro, la necesidad de proveerse de productos agrícolas, desde tiempos pasados, la mujer se animó a salir a los pueblos del valle para vender la mercancía que en cesta de caña trenzada y a la cabeza eran conocidas por “gangocheras” o pescadoras. Al regresar lo hacían con las cestas cargadas de papas, hortalizas, frutas, y hasta conejos y gallinas, que unas veces eran objeto de trueque, y otras, obsequios de la buena gente del campo, y las menos, las que adquirían a cambio de dinero. Estas mujeres al principio iban descalzas, y como dice Guigou  “desde niñas las dotaba de unas plantas de los pies suficientemente encallecidas para poder desafiar todos los pedregales”. Sin embargo, llevaban botas en la cesta que se calzaban antes de entrar a los pueblos. Esta costumbre se fue alterando en el sentido de que posteriormente ya fueron siempre calzadas, pero muy burdamente, cuando marchaban por los campos, pero con zapatos más presentables al entrar a los pueblos, extendiéndose este uso no sólo a las revendedoras, sino también entre la gente de campo y de los pueblos que hasta hace más de sesenta años todavía mantenía este hábito.  

 

La gran cesta que portaban a la cabeza sobre la “rodillera” (rollo de tela en forma de rosquete para aislar el contacto del cuero cabelludo) solía pesar de treinta o más kilos, y generalmente la cubrían con un mantel o paño, atado a las asas. El pescado fresco se cargaba las más de las veces directamente de la barca recién varada en la playita del muelle o de la pescadería, por lo que solían pregonar con razón: “Al pescado fresco del Puerto”.

 

Recorrían los caminos ofreciendo la plateada mercancía, y contaban con  feligresía que aguardaba la visita de las pescadoras que también acostumbraban a llevar pescado salado, que es comida muy típica con un buen mojo y papas arrugadas. Acostumbraban a llevar una balanza de dos platos, la romana, recubierta de escamas que se adherían formando densa costra. No era extraño que los pesos fueran piedras equivalentes en peso a uno o dos kilos.

 

Posteriormente viajaban en jardinera o guagua y se sentaban en el asiento posterior mientras las cestas iban en la baca atada con cuerdas. Así y todo el peculiar y penetrante olor lo llevaban pegado a las ropas, y diría que era hasta confortable aquel aroma a mar y pescado.

 

Llevaban su control con apuntes muy extraños en pequeñas libretas: con rayas y redondeles de diferentes tamaños que a veces trazaban con una perpendicular según el valor que les asignaban, porque también vendían a crédito.

 

Dice A. Distón  que al regreso a sus casas, ya al caer la tarde, grupos de revendedoras bajaban rezando en alta voz o cantando aires canarios, al tiempo que saludaban a cuantas personas encontraban a su paso, poniendo su presencia en los caminos y veredas una afable estampa con aires exclusivos del Puerto.

 

Le siguieron otros medios: el vehículo mecánico sustituyó a la mujer revendedora; la voz pregonera y el toque a la puerta, se trocó por la voz del megáfono; pero lo que es peor, el pescado ya no es era aquella mercancía que llegaba “aún vivito al  comprador”, porque las más de las veces era congelado, como se adquiere hoy en las grandes y medianas superficies. Pero no toda esa bella costumbre de la “gangochera” sucumbió; hubo una mujer de pelo blanco recogido en moño; pulcra, de andar ligero y de nombre Oliva,  que mantuvo la venta del fruto de la mar a la antigua usanza  hasta que los años y las fuerzas la vencieron.    

  

Vaya para ella nuestra gratitud por haber hecho posible hasta las postrimerías del pasado siglo esa  figura tan típica y auténtica, como estampa evocadora de nuestra añoranza y ya lejano ayer.

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